domingo, 08 de marzo de 2009

Hace pocas horas que cayó la noche en la capital, y nuevamente la muerte merodea por la amargura de estas calles sin final, la misma muerte que ya me ha alcanzado antes, esa que desgraciadamente no se ha llevado mi vida, se ha llevado la de aquellas personas que alguna vez me dieron sentido, aquellas por las que mi corazón latía. Hoy en vísperas de su muerte, este mismo y cansado corazón solo palpita soñando acabar con esta ciudad maldita, ciudad que me arrancó el alma. No soy nadie que interese, nadie que haya existido nunca, solo un alma en pena que justicia busca, un espectro moribundo con las ilusiones desechas, solo soy el cuervo solitario que vuela en las noches tristes de estas desconsoladas calles oscuras.

Será una larga noche, los negros nubarrones ya han tomado lugar en el cielo, cortando la luz de todas las estrellas, luz que en algún momento le dio calor a mi corazón inmerso en este frío infierno. Hoy, por fin será la noche de mi venganza,  el momento que segundo a segundo espero. Después de tantos años de persecución y seguimiento, se casi que proféticamente donde se encuentra aquel individuo, aquel engendro, aquel culpable de todas mis penas y pesares, el acaparador de todo mi rabia y aversión, sin duda alguna su muerte es de mi existir la única razón. Y, después de todo ¿Como olvidar a aquel inmundo sujeto? A aquellos ojos rojos, color mismo de la sangre y del fuego del averno, aquella mirada perversa, y a su blanca cabellera, tan pálida como la nieve seca, aquellas largas y lisas hebras que caen por su rostro, aquel semblante lúgubre y fino, que junto con sus labios muertos propios de un vampiro, forman facciones tan siniestras que harían estremecer hasta el mas valiente hombre de la tierra, pero a mi no me provocan el mas mínimo miedo, ni su muestra, por el contrario, es tal lo que mi corazón le repugna y desprecia, que es como sí dios estuviese viendo al demonio en la misma tiniebla.

Su escondite es un edificio abandonado, ya desecho por el paso de los años; el funesto escenario de esta perfecta noche, noche que verá por fin el cultivar de mis sueños. Esta ubicado en una calle poco transitada por el común de la gente, y aunque la noche le llena de drogadictos e indigentes, la entrada, camuflada por escombros, se encuentra aun desierta, de esta manera mi presencia no será prevista por ningún ser que la recuerde. Espero en mortal paciencia a mi objetivo, en la penumbra, siempre escondido. Pasan horas, y la noche se hace sombría y el frío insoportable, pero ninguno de estos pesares hará que mi parecer cambie, seguiré esperando, firme en mi convicción de muerte. La opaca luz del faro que espera en la esquina, refleja una sombra que se expande como un indicio de vida, me acerco silencioso pero veloz cerca a aquella visión, y le veo de nuevo, la sombra se desliza ágilmente por el suelo, hacia la abertura del edificio. No hay duda alguna, se trata del engendro al cual con tan profunda amargura desprecio.

Entro en el oscuro recinto, y las tinieblas se apoderan de todo mí alrededor,  oscuridad tan penosa que evoca el recuerdo de aquel crimen, aquel tormento aterrador. Quizás fue tan horrendo el impacto de ver a mi compañera amada, junto con nuestra preciosa niña, completamente mutiladas y en sus propias sangres bañadas, el que me hizo olvidar con exactitud la naturaleza de hechos tan espantosos. Todo es recóndito, oscuro e inmerso en el siniestro olvido, tan solo recuerdo el clamor de los gritos y el llanto de tal martirio vivido,  recuerdo el olor a muerte que impregnaba la habitación, recuerdo la impotencia anclada en mi corazón, y recuerdo aquella imagen, aquella visión, le recuerdo tan perfectamente como si estuviese pasando en este mismo instante, la imagen de aquel engendro repugnante, con su aspecto vampírico, de cabellos pálidos y mirada ardiente, acuchillando con tal crueldad y sevicia el cuerpo muerto de mi hermosa hija y mirándome, mirándome fija y directamente a los  ojos, penetrando en mi corazón con tal frialdad e inclemencia que izo llorar cada rincón de mi entereza, ¡Maldito recuerdo! Que me  ha condenado a la venganza.

Doy pasos lentos y firmes mientras escucho también el retumbar de de mi presa, recorro un pasillo oscuro y tétrico que evoca en mí los más sombríos recuerdos, la sangre me hierve con tal odio e ira que mataría sin contemplación al que se interpusiese en mi batida. Volteando por la esquina del pasillo alcanzo a percibir un pequeño hilo de luz lunar que traspasa la dañada madera del techo, alumbrando con timidez el contenido del nuevo corredor en donde ahora me encuentro. Solo basura y desechos se interponen en mi paso, lo único que llama mi atención es una puerta al final del camino, destruida pero aun colgante que cerrada me invita a penetrar en su recinto. Me detengo súbitamente, cuando veo a la sombra que persigo expandirse sobre dicha puerta y al escuchar el detener de su marcha me convenzo, se que detrás de la madera, se encuentra al que por tanto tiempo he anhelado su deceso. Camino pasó por paso hasta llegar al borde de la puerta y el último recuerdo de mi pasado doliente me atraviesa. El recuerdo de mí caída en las sombras, de perder toda esperanza de ser feliz, perder todo ánimo de luchar y vivir; pero mi vida no acabó, llego a tener una única razón, al reconocer la existencia de mi malhechor, respirando con la esperanza de vengar toda una vida de dolor. Sin duda no va a escapar de mí, el odio ha vuelto a arder en mi corazón, le arrancare sus ganas de vivir.

Me dispongo justo al frente de la puerta dañada, una patada bastara para tumbarla. Desenfundo mi revolver, mi único compañero, doy una patada a la puerta la cual sale despedida hacia el interior, lanzando hacia mis ojos un destello de luz que bloquea mi mirar. Todo es oscuridad, temor e impaciencia, es aquella amarga tranquilidad previa a la tormenta. Abro los ojos lentamente y… ¡Lo veo! veo aquella mirada roja de sangre y fuego que desprecio tanto, aquella cabellera blanca y pálida que me estremece sin amparo, aquel rostro maligno, aquel monstruo autor de mis más desconsolados designios, esta allí parado frente a mi, mirándome fijamente, con ese mismo brillo, esa misma expresión macabra de desdén y odio que en la noche del crimen me lanzo. ¡Maldito! ¡Pagara su sentencia! Levanto mi revolver, apuntando hacia su cabeza, listo a disparar, pero… Algo me detiene… ¡Maldigo al miedo y al espanto y al pavor demoniaco que destroza mi razón a esto desconocido! ¡Qué maldita y macabra broma, tan cruda y sanguinaria me ha jugado el destino! En aquel olvidado recinto no se encuentra ningún hombre más que yo y mi respirar, solo hay un objeto, un diabólico objeto que despierta en mi un terror mortal. ¡Solo hay un espejo, un espejo mirándome sin cesar, es mi reflejo el que se ve en el cristal! ¡Dios inclemente! ¡Soy el inmundo demonio a quien odio sin parar!

 

 

 

 

 

 


Tags: Venganza, Muerte, Conciencia, Policial

Publicado por xnolx @ 21:00  | Cuentos
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