Dominado por la silenciosa euforia, caí finalmente en el suelo. La jeringa se alejo de mi puño rodando lentamente, no era la primera vez que con drogas envenenaba mi mente, pero si la primera que me vi en poco tiempo absuelto en el lugar mas alto del cielo. Esta vez no se demoro mas de un segundo, y me impresiona cómo tan fácilmente puedo sobrevolar por el mundo, conquistarlo, hacerlo mío, sin que pasen mas de 5 minutos. Y vuelo por un cielo gris y rojo -lo que me recuerda curiosamente la pintura corroída del techo de mi recinto- mientras siento que las puertas del universo se me abren en solo un momento y la verdadera realidad esta al alcance de mis manos, a uno o cien pasos, es algo que realmente no me importa.
Y mientras surco y alucino entre alturas y destellos bellos pero a la vez falsos y absueltos de sentimientos, algo golpea mi espalda y me tira hacia ese mundo ajeno, que en estos momentos desprecio por su imperfección, y su falta de esperanza e ilusión. Me arroja violentamente, haciéndome sentir el vértigo corroer mis entrañas y confundir mi cerbero tan hastiado de recuerdos y de imágenes efímeras que se desaparecen en solo un momento. Y caigo en a tierra, pero no duele, me abraza el duro suelo y no me hiere, y reincorporándome rápidamente en mi mismo, un poco mareado por el mismo viaje, me encuentro rodeado de abismos.
Vaya que es un mundo diferente al común, una selva de tonalidades grises, con un cielo rojo que ilumina en destellos algunos fragmentos de esta tierra alterna. Si se podía parecer a algo en la realidad mundana, era a una película vieja en blanco y negro distorsionada, pero no son solo mis ojos los que sufren este efecto de percepción sobre natural, de alguna manera siento a este nuevo mundo en constante movimiento, revoloteándose por doquier, las líneas de contorno de estas abstractas figuras no son firmes, se mueven, tiemblan y viven al son de los destellos que del cielo caen y golpean al suelo. Un constante sonido, atraviesa mis oídos y se dibuja en mi mente, el sonido de algo arder, madera al parecer, pero entre tanto murmullo de voces y recuerdos, aquello que es vivido y que se hace presente en estos sueños, es difícil distinguirlo. Mi nariz también percata un olor fuerte, rancio, algo familiar pero que mi memoria no logra definir con claridad.
Así, incorporándome y tratando de sortear tal dimensión quejumbrosa y loca, empiezo a avanzar, pero no camino, floto por el suelo, como si se tratara de un leve magnetismo, y cuando lo hago veo y siento como el mundo entero se viene hacia a mi, distorsionándose y formando parte así, de mi mismo caminar. ¿Soy yo el que me muevo por estos senderos o son los senderos y el mundo que muevo a mi voluntad? La verdad no lo se, ni me importa, mis sentidos se extasían de tanta sobrecarga de energía, y nada parece desagradable, aunque la carencia de color más allá del gris y el rojo es notable, esta realidad es perfecta y bella, original y contundente. Creo que el mejor viaje que he tenido, no puedo esperar ni en segundo para contárselo a mis amigos.
Mientras todo se mueve, y avanzo sin dirección voluntaria veo como árboles altos y afilados, grises, negros he iluminados bastante anchos, se elevan rápidamente hacia mis lados, y de sus ramas brotan hojas de cristal, empañadas y algunas veces sucias, pero tan perfectas que reflejan las luces del cielo. Y así en mi cabeza y a mí alrededor se crea una maraña, un bosque gris y luminoso, que cubre con su techo la luz del cielo, aunque los reflejos de los cristales, crean una pasarela aérea de destellos blancos y rojos, que alucinan mis ojos, y hacen al mundo entero palpitar a entorno a ellos, como pequeños soles dictando su canción de noche. ¿Noche? Es de noche y no me di cuenta, aunque en este mundo extraño, no se siquiera si exista el sol, la verdad no me importa lo único que quiero es dejarme invadir por los sentidos sobre exaltados, y sentir el real placer entre mis venas, sortear mis pasos en esta aventura abstracta y bella.
Y todo se sigue moviendo, y sigo caminando, viendo como cambian formas, colores y tamaños. Digo que es un bosque, porque es la única alusión que le puedo dar desde nuestro mundo conceptual, aunque realmente parece un ser vivo, una bestia gigante, la cual con pericia domino.
Pero sigo mi camino, y veo los primeros indicios de color asomándose a mis sentidos. Rocas gigantes, o construcciones colosales, de material que para mi es inalcanzable, se mezclan con la maleza de cristal y luces, y veo en su materia colores grabados, garabatos pareciesen, pero son simétricos y a la vez perfectos. Son dibujos lo se, dibujos que transforman su entorno, y se mueven, haciéndolos parecer un mundo grabado en piedra, de colores, y perfectas proporciones. De una dimensión en donde todo palpita y tiembla, estas animaciones no eran la excepción. Dibujos que no retratan nada humanamente conocido, pero que de algún sentido, son conocibles por el hombre. Y detengo mi marcha, para apreciarlos, y los veo con detalle y asombro. Se mueven con actitud y gracia, parece un ballet de figuras abstractas, aunque después de un tiempo no lo son en tanta medida, pues alcanzo a distinguir una historia retratada en dichas imágenes, una historia de desdicha. No se como, si eran solo colores moviéndose a ritmo como un complot, pero de alguna manera siento que forman parte de mi, y por primera vez en todo este sueño alternativo siento que algo anda mal, muy mal de verdad. Y recuerdos se disparan y atraviesan mi mente. Un sueño dentro de un sueño.
Supe entonces, me di cuenta, de mi adicción, de mi vicio. También del mundo en el que vivo, de muertes, de engaños, de guerras, de pobreza, de una tierra de la cual he huido. Y como extraño a mi familia, y tantas noches los veo dándome la espalda, sin ningún temor ni miedo. Y después el hambre, y después el dolor, esos que se refugian en mi interior y se anclan en mi corazón. ¿Qué este no es acaso mi alucinación? Eso lo pensaré cuando salga de ella. ¡Pero por favor que no acabe! ¡Que pueda disfrutar un poco más de la realidad de la cual me he enamorado perdidamente!
Un caminante oscuro y desconocido pasa por mi espalda y lo siento. Y desenvolviéndome del recuerdo, vuelvo a mi amado sueño. ¡Si! Lo he hecho, creo que después de todo, tiene poder mi cerebro. Y lo veo a él, con un contorno oscuro que me impide detallarlo pero se que está ahí, y de pronto los arboles gigantes de cristal y acero así como las rocas de colores dejan de existir y, aunque siguen presentes, ya no forman parte de mi aventura, son solo la amargura de imágenes que aprecie y ahora olvido. Parecen enfurecidas, pues su distorsión aumenta, y me domina una implacable destreza para esquivar estas imágenes, y enfocarme en mi nuevo compañero imaginario, aquel que camina cojeando por el bosque, dominando la que alguna vez fue mi bestia. Y lo sigo, y lo hago hasta desfallecer.
Es complicado movilizarse por esta dimensión, se necesita de una verdadera concentración pero de alguna manera y tras obstáculos que vuelven más calurosa mi memoria, logro seguir su senda, moviendo mi bestia con mi voluntad, la cual ya tiene dueño, aquel caminante misterioso, aquel caminante nocturno. Por fin se detiene, y al hacerlo mis oídos y mi mente, viven el primer sonido diferente al de madera quemarse, viven el sonido de un llanto desesperado, un llanto que me infunde temor y locura. ¡Dios Mío! ¡Ya no es sueño, es pesadilla!
Ya todo se vuelve en contra mío, los arboles parecen caídos, y los cristales rotos y afilados me amenazan con cortar mi carne, y derramar mi sangre. Si alguna vez estuve en el infierno, creo que fue en ese momento. Pues el mágico bosque, el bello cielo, ahora solo era una alucinación de terror, de horror y desespero. El mundo se movía, enfurecido e impasible, sentía fuerzas invisibles golpear mi cuerpo, y las luces que me habían acompañado en mi senda se abalanzaban contra mi, clavándose como agujas venenosas, haciéndome gritar… ¿Gritar? No, de mi boca no sale sonido alguno, y creo que es lo peor de todo. Duele la impotencia, de no poder expresar tanto dolor, tanto martirio, y de pronto lo se: el llanto del caminante nocturno se acentúa y clarifica, de alguna manera es mi llanto, son mis gritos, del dolor que siento, de una realidad vacía, de mi bestia que se sublevaba y se abalanzaba en contra mía.
Y después un resplandor rojo y todo se esclarece. Es sangre ese olor amargo y rancio, el que mi corazón percibió desde el inicio, es llanto lo que mis oídos escuchan, pero es peor aun la escena que mis ojos dibujan. Después un resplandor negro, o mas bien una oscuridad eterna. Y escucho palabras emitidas desde una voz ancestral, una voz diabólica, que congela mis huesos, causa dolor a mi carne y hace que mis ojos estallen. Se estremece mi medula.
“Se acabo el juego”. Habla aquel torturado, un verdadero demonio que me susurra y desgarra mi mente desde el averno. Mi alma reclama.
Y todo se esclarece. Ya no son arboles anchos con hojas de cristal, son edificios altos, con ventanales rotos, ladrillos desgastados, vomito y sangre en sus paredes, quizás el peor callejón de la ciudad. Ya no son aves de luces con un destello angelical, son simples postes de iluminación, algunos fundidos, otros parpadeando queriendo unirse a los dañados, pero no es nada abstracto, es mas bien un espectáculo deprimente y mundano. Y las paredes de color, quizás lo único que me advirtió de mi destino, no eran televisores divinos, simples grafitis viejos y antiguos dibujados en las paredes de los edificios. Y así de simple, mi bestia amada y a la vez desdichada se convirtió en ciudad, una ciudad amarga, fría, gris y roja. Una capital muerta y desecha por su propia historia, aquella ciudad que contempla una vez más a uno de sus caminantes nocturnos caer en sus callejones sin salida.
Y los perros callejeros, hambrientos, se empiezan a juntar alrededor de aquel caminante que había seguido toda la noche. Comen la carne de su cuerpo, lo desmiembran y hacen sus entrañas visibles. No es realmente carne de calidad: un vagabundo, un indigente, un drogadicto nada más. Con una barba y una cabellera podrida y asquerosa, ropajes dañados y rotos. En su piel nada más que mal olor, sudor, cicatrices, garrapatas y piojos. Y así cae, de sobredosis moribundo. Aquel caminante nocturno asesinado por el mundo, por el vicio, por el arma infalible de un viaje sin retorno. Y los perros lo muerden, y arrancan su carne. Y me duelen sus dientes y mordidas. Besos mortales que me arrancan finalmente la vida.
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