domingo, 08 de marzo de 2009

"Cuando miras al abismo, es el abismo el que te mira a ti"
Nietzsche

Fue aquella tarde en que la conocí, una tarde que jamás olvidaría. Es cierto, todo cambia cuando lo sabes, más poco de lo que ves en ficción es parecido a la realidad. Se supondría que cada bocado de comida seria el mejor que hubieses probado jamás, que cada bocanada de aire seria la más refrescante y apreciada de todos tus días, que cada aroma seria el más dulce que jamás hubieses conocido, cada beso el más suave, cada sensación la más exquisita. Pero…. Aquellas ficciones tan atractivas son falsas, son un insulto, cuando lo único que sientes es miedo. Lo único que cambia, y quizás lo que cambia todo es el hecho de que ya no eres libre, tus días están contados y no hay nada ni nadie que pueda cambiar esto. Te conviertes triste y lastimeramente en uno de los prisioneros humillados del destino, esa prisión de la que nadie escapa.

En un frio y sombrío consultorio clínico fue en donde recibí la noticia. De entre tantas palabras y tantos tecnicismos médicos que de la boca del hombre de bata blanca surgían solo logre entender dos, o mejor dicho solo quise entender dos: “Estas muerto”. Al parecer se trataba de un tumor que se alojaba en la parte posterior de mi cerebro; era en efecto cáncer, la enfermedad de moda de este nuevo milenio, más todo fue menos un golpe de suerte pues la posición exacta donde las células crecían descontroladamente causaba que mi recepción al dolor fuese nula. Así es, anduve varios años desarrollando esta enfermedad y solo ahora y gracias a una anomalía presente en una radiografía a mi cabeza como un examen de rutina, me enteraba de mi condena.

– Es un hombre con suerte, podrá pasar sus últimos días  sin sufrir dolor alguno – Dijo el doctor con un tono gentil mirándome fijamente por encima de sus relucientes lentes – La mayoría de los pacientes aspiran acabar sus días para que el dolor termine con ellos, cosa que les impide despedirse de sus seres queridos ni disfrutar sus últimos días como es apropiado – Prosiguió el doctor, dándose media vuelta y mirando a su escritorio, pero yo no lo soportaba un segundo más. ¿Y yo para que quería morir?

Salí del consultorio hacia los pasillos del hospital, golpeé la puerta al hacerlo, no creo que exista hombre capaz de soportar con tal cinismo una conversación de naturaleza como la nuestra. Yo no quería morir. Caí de rodillas sobre el helado piso de mármol, el hospital estaba lleno, pero yo me sentía como el único ahí presente, envuelto en la soledad, no podía ver a nadie más, las sonrisas de las personas me parecían repugnantes, los llantos de los infantes desquiciantes, no soportaba la alegría, no soportaba ser testigo de la vida, cuando a mi me la habían arrancado sin avisar. Mis sueños estaban desechos, mis proyectos, mis metas, todo había muerto, ya no significaba nada y viendo mi reflejo en el mármol rompí a llorar. Y fue en ese exacto momento en el que me percate de su existencia, sentada en una de las sillas de espera a mi lado, viéndome como un dueño ve a su perro (no con desprecio, más bien con lastima y ternura) se inclino hacia a mi, y sentí sus dulces labios en mi cabeza, sobre mi desordenado cabello. Me levanté apenado por mi escena, no importaba que las otras personas me vieran en tan decadente estado, pero solo el hecho de que ella me viera llorar me avergonzaba espantosamente.

Me recompuse y me senté a su lado, la observe y me di cuenta de su belleza, algo inexplicable, algo inhumano, algo increíble. Provoco en mí la mezcla de todas las emociones que podrían emular algún vestigio de felicidad. Era la lujuria, era la ternura, era la inteligencia, la perspicacia, la belleza, la compañía, el misterio… lo era todo encarnado en un ser, no era normal ni nunca lo fue, no era humano, no es posible para mi describir con comunes palabras a esta bella doncella, porque estaba por fuera del mundo conceptual del hombre, me resulta imposible tentar y esforzar a la imaginación hacia esta aparición que ningún mortal ha visto, pues no son dignos de ellas. En ese momento me sentí inmortal.

–Todo acabara pronto, lo se y aunque no me agrada sentir lastima por los condenados, te compadezco, créeme– Me susurro al odio inclinándose sobre mi. Su voz, su acento, su tono, su melodía, todo era desconocido, todo era hermoso, pero sobre todo agradablemente misterioso. Yo me quede estupefacto y paralizado, sentí una fuerte corriente siendo descargada por todo mi cuerpo y ella rio con ternura –No me tienes que temer, en estos momentos soy tu única aliada, lo se porque a mi también me sucedió, también fui expulsada del mundo de los vivos por así decirlo, yo también morí de una enfermedad terminal–

–Pero…– Tartamudeaba al hablarle, mas misteriosas que su presencia eran sus palabras. – ¿Cómo me dices que moriste, si aquí te veo viva? ¿Seguro no eres un fantasma de mi pasado que viene a acompañarme en mis últimas horas? – Me reí nerviosamente por mi comentario, no sabia si lo que decía era en serio o simplemente una broma. –Lo siento, no quise decir eso, pero no te entiendo. –Ella volvió a sonreír y me miro fijamente a los ojos, su presencia era magnifica y me acorde que entre sueños de días pasados la había sentido de la misma manera.

–Te lo repito no me temas, no soy un fantasma ni nada por el estilo, y si aquí me ves viva es porque realmente lo estoy, solo digo que morí porque se como se siente saber que vas a morir, porque no decir que lo estoy si es seguro para mi como y cuando lo voy a estar. Ahí que ser sinceros tanto tú como yo no nos queda vida, estamos juntos en esto, solos, esperando a que todo acabe. – Calló por un momento, era hermosa cuando pensaba. Después se apeno y bajo su mirada como si no quisiera que le leyese sus pensamientos. –Siento haberme entrometido de esa manera, pero no pude evitar escuchar tu charla con el doctor, y sentir empatía por ti, supuse que un beso era lo mejor en ese momento, perdona si fue atrevido–

–No lo fue en absoluto– Estaba mudo, estaba hipnotizado, estaba enamorado. Y en ese momento pensé la posibilidad de un romance entre moribundos, creo que era perfecto, compartir celda en esta prisión de muerte con una compañera con mis mismas penas, pero no sabia como seguir con la conversación, mas nunca quizá que terminara en ese momento.

–En fin, supongo que eso es todo, un gusto haberte conocido. Nos veremos halla arriba– Se quedo pensando por un momento. –O halla abajo, o a donde quiera que vayas yo te seguiré. – Se acerco a mí y beso mis labios dulcemente. Yo seguía ridículamente estupefacto.

Esa noche llegue a mi residencia abatido por la vida, no podía ser peor mi aspecto, y no podía ser aun peor mi cabeza, estaba hecho un desastre. No sabia a quien culpar, no sabia que pensar, ya no quería llorar más, da igual de nada serviría, solo una perdida de energía, de tiempo, del poco que me quedaba. Por mi cabeza empezaron a pasar imágenes fugaces de mi amada, la misteriosa desconocida que había sido tan gran alivio, y ahora tan gran decepción, me odie en ese instante como en ningún otro, no me gustaba sentir tan gran tristeza, pero no me ayudaba en nada para aliviarla. Comencé a descubrir pensamientos que en mí que no conocía, eran demasiado trastornados, demasiado lúgubres, demasiado tenebrosos. Me dirigí hacia mi biblioteca donde creí sentirme acompañado y me tumbe en el sofá de cuero que se ubicaba justo en el centro del salón. Me resultaba risible la idea de tener tantos libros que no leería. Me puse de la posición más cómoda posible y cerré los ojos, tratando de meditar sobre todo lo que en mí agobiada conciencia se cernía.

Estaba muerto, sentí el olor de mi cuerpo putrefacto descomponiéndose en el sillón, sentí el miedo recorrer mi cuerpo, sentí el desagrado por la humanidad, por el mundo, inculpe mi muerte a cada ser viviente que respirase en ese momento; el mundo, la vida me había excluido de su paraíso, ya no me importaba nada, más que odio la indiferencia crecía en mi, más solo una cosa se torno exclusiva e imprescindible para mi lastimosa existencia, y tenia que ver con la desconocida que esa tarde conocí. Podría haberme hecho mil y una preguntas sobre aquella aparición. ¿Seria real? ¿Seria simplemente mi imaginación? ¿Esta terrible enfermedad esta afectando mi juicio? ¿Tan desgraciado será mi destino que pasare los últimos de mis días, envuelto en la locura? Más estas preguntas las formulo ahora y no en ese momento, tumbado en la nada, en la soledad, en el aroma de las paginas secas y viejas, solo quería volverla a ver de nuevo, volver a sentir sus labios y su magnifica presencia, y sufriendo mi alma por no poder hacerlo, me dormí en la oscuridad, en la tristeza. Soñé con ella, soñé morir a su lado.

El sonido del teléfono resonaba incesantemente, hasta ahora estaba empezando la noche pero desperté como si hubiese dormido cien años, al principio no me acorde de nada, abrumado por la oscuridad, creí que había muerto y no pareció tan malo en ese momento, pero cuando escuche la dulce melodía de su voz al otro lado del altavoz recordé que era un miserable exiliado caminando en el sentido contrario de los vivos.

–No me preguntes como ni porque, pero te visitare en unas horas, es un hecho y no lo puedes cambiar– Sin duda alguna era ella, sentía su presencia sentía su aroma, su misterio de nuevo. Nunca había escuchado palabras que alegrasen tanto a mi corazón, era increíble… ¿Era un sueño?

– Perdona…– Otra vez estaba tartamudeando y nervioso. – ¿Es esto un sueño? – Ella rio al otro lado del teléfono.

–Sigue diciendo cosas así  terminare enamorándome de ti. – Su tono burlón era exquisito, encantador, nunca hubo mujer que inspirara en mi alma tantos sentimientos bellos al mismo tiempo.

–Es que simplemente no lo puedo creer– Le respondí su broma con seriedad y frialdad. Yo no era así, o por lo menos no en lo que recuerdo, pero después de todo era un cadáver, y supongo que un muerto tiene que ser serio y frio.

–Pues será mejor que lo hagas porque es inevitable que te visite, así que haz todos los preparativos que necesites. Espérame despierto, créeme no querrás que te visite dormido– Sin duda alguna era atrevida, pero encantadora al mismo tiempo, escuche el altavoz colgar y mi corazón danzo de alegría junto a mi, era increíble, estaba aliviado, todo lo tétrico de mi mente se había alejado.

Me senté en mi escritorio conteniendo la emoción que se apoderaba de mí, más algo no concordaba con la situación, o más bien algo convenía perfectamente con todo. Mi rostro sufrió una transformación terrible, mi sonrisa se volvió tristeza, mis ojos emocionados se enrojecieron y arquearon de un modo terrible. No podía ser lo que estaba empezando a concebir como verdad. Tras largas horas de meditación, y habiendo entrado la noche en su máximo esplendor, lo supe de una vez por todas, supe a quien le había hablado tan nerviosamente, de quien eran esos dulces labios, esas encantadoras palabras ¡No podía creer mi mala suerte! ¡No podía entender la identidad de mi misteriosa visita: la muerte!

Más igual la amaba aunque odiara el hacerlo,  me había enamorado de mi condena, y de ella era mi alma al fin y al cabo, nada podía hacer para cambiarlo. Estaba atrapado entre sus redes, pero igualmente me encantaba y solo pensar en ella me apasionaba, me enamoraba, no podía evitar suspirar de emoción al pensar que me acompañaría en mis últimas horas. Siempre fui un idiota y me odie por serlo. Todas mis conjeturas y mis miedos no llegaban a ningún otro resultado, y aunque tenía que aceptarlo, no podía ni nunca pude evitar que el más profundo y amargo temor se apoderar de mi alma, se engancho a ella, como una serpiente de sombras, era desesperante.

Pero lo sabia, solo podía hacer una cosa para evitar que me controlara, ella era lo que mas odiaba y mas amaba, más decidí ponerle fin al romance moribundo, decidí controlar mi destino, ser el primer reo que se atreviese a escapar de la prisión del destino, era una difícil acción pero sabia que era capaz y tenia que hacerlo, no podía seguir cayendo entre el abismo de tinieblas y olvido, era mi deber solemne con mi alma salir de él, escalar las ardientes paredes, por mucho daño que me hiciese, y llegar hasta mi ansiado retiro, ser el primer y quizás único exiliado que decidiera su destino.

Ella vendría por mi, era inevitable como la muerte misma lo dijo, más el tiempo fue en ese entonces mi único aliado, tome la iniciativa y adelantándome a mi misteriosa visita tome la decisión de volarme las sienes con el revolver que yacía escondido en mi armario. Aunque temblé en hacerlo, era más el odio y el valor que sentía por labrar mi futuro (lo poco que quedaba de él) que mi miedo por lo desconocido que seguía a la muerte. Así que corrí rápidamente a mí recamara agarre la mencionada arma y me mire al espejo, y vi el reflejo de mi mirada, profunda y vacía al tiempo: todo estaba perdonado. Mi mano temblaba, mas en el último instante dejo de hacerlo, ese último momento, un segundo quizás que pareció toda una eternidad. No vi mi vida pasar frente a mis ojos, no vi mi infancia, no vi mi primer beso, no vi ni a mi padre ni a mi madre, no vi la primera vez que hice el amor, no vi a nadie más que a un hombre desecho por una enfermedad terminal en un bañó apunto de volarse la cabeza con un revolver. Y en ese suspiro la vía a ella tras mi espalda, mirándome por medio del cristal, estaba sonriendo, parecía perdonarme, parecía amarme, y un alivio indescriptible venció al temor alojado en mi alma y la elevo al cielo. Ella sonreía. Perdone al mundo, perdone a la humanidad, a la vida, todo tenia sentido, y yo este difunto desterrado me perdone a mi mismo. Le devolví la sonrisa a mi misteriosa visita.

La joven mujer, que había sido diagnosticada de cáncer terminal en el cerebro, escucho el disparo al entrar a la residencia que yacía abierta, y cuando entro al baño vio el cadáver de aquel individuo que había conocido esa misma tarde en el hospital.


Tags: Enfermedad, Locura, Demencia, Muerte, Amor.

Publicado por xnolx @ 20:55  | Cuentos
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios